Atlético Baleares | S2, 19:00 | RCD Mallorca |
Estadio: Son Malferit | ||
Árbitro: Hugo José López Puerta |
25 de Mayo de 1980. Estadio Lluís Sitjar. Dos equipos, una ciudad, y la última vez que se verían las caras en competición liguera. Hasta ahora. 37 interminables años han pasado para ambas aficiones. Las generaciones más mayores, esperando reeditar aquellos apasionantes choques con su máximo rival. Las más jóvenes, ansiosos por vivirlo por primera vez.
El contexto no es el más favorable, ambos en el tercer escalón del fútbol español, pero especialmente para el bando bermellón. El descenso hizo mella en el club. Tensión institucional y social. Aún así han sabido recomponerse y formar un equipo competitivo de la mano de un hombre experimentado en la categoría como Vicente Moreno. En el costado blanquiazul, una fantástica temporada se vio penalizada por los arduos play-off de ascenso. La inercia positiva de la pasada campaña y su buen hacer en el mercado de fichajes les sitúan al proyecto baleárico como uno de los firmes candidatos a dar la campanada.

Desde sendos clubes se ha mandado un mensaje de paz, de hermandad. Una oda a vivir el derbi con calma y sin excesos. Así debería ser, en un mundo ideal. Y algo irreal. No me imagino a Xisco Campos o a Fullana enfundándose el brazalete como si de un día más se tratase. A Abdón sin reventar de ganas de celebrar un gol abrazado a su afición. A Xisco Hernández, Uche o Vallori sin acordarse de su pasado y sin ganas de escribir el presente con su actual camiseta. A las aficiones sin lanzarse cánticos y miradas desafiantes. Y es natural. Muchos años, quizás demasiados, sin poder externalizar esa rivalidad. Y siempre que sea sana, bienvenida sea. Es la salsa del fútbol.
Desde la solidez defensiva y una estructura de juego ordenada, aunque aún por pulir, Vicente Moreno está comenzando a edificar una plantilla destinada a competir como la que más. En el costado opuesto del campo, las opciones ofensivas son interminables. La llegada de Giner y la irrupción de Bryan Reyna en banda derecha abre la ventana para que Lago pueda desplazarse a la lanza de ataque y aumentar el arsenal de recursos. Una entre mil combinaciones que puede plantear el valenciano.
Damià Sabater y Pedraza forman un compensado centro del campo, asumiendo distintas responsabilidades. Mientras el mallorquín se encarga de la distribución y salida, su compañero le hace de escudero y aporta aún más solidez a los centrales, situándose siempre por delante suyo.
En la portería, duelo de perros viejos. Reina y Aulestia cuentan con sobrada experiencia. Ambos han disputado innumerables partidos en el barro y, aunque este no supondrá uno más, se postulan como las piezas clave para mantener la calma y hacerse con la cotizada victoria. Además, los blanquiazules cuentan con una fuerte columna vertebral formada por Xisco, desde el ataque, y Fullana, en el centro del campo. De La Morena propone focalizar el ataque por bandas, dotando a sus laterales de permiso para desdoblar y formar superioridades en los extremos. Sin embargo, sufren ante una presión alta y, como ya hizo el Villarreal B, es posible cortocircuitar sus transiciones defensa-ataque y evitar una salida limpia del balón.

El derbi de Palma ha llegado para hacer hervir a una ciudad futbolísticamente descafeinada. La rivalidad local del siglo XXI no ha transcendido de las redes sociales, medios de comunicación y enfrentamientos entre los blanquiazules y el filial bermellón. Me imagino a abuelos y padres acompañando a sus hijos al campo, explicándoles anécdotas sobre tiempos pasados y haciéndoles sentir la importancia del duelo. Batallarán, equipos y aficiones, por más que tres puntos. Por llevar la camiseta con orgullo por las calles. Por sonreír con (aún más) picardía cuando pasen por al lado del estadio rival. Por sentirse reyes del fútbol autóctono.