La misma Casablanca que volvió a enamorar a Ingrid Bergman y Humprey Bogart fue la resonsable del divorcio Zaki-Mallorca. Ezaki Badou (Sidi Kacem, Marruecos, 2 de abril de 1959) huyó, víctima de la morriña más sincera, a su Marruecos querida como símbolo rebelde y acabó con su idilio isleño. Comenzó sus estiradas, bañadas por el Atlántico, en el AS Salé, ciudad vecina de Rabat. No pasó desapercibido por una de las mejores plantillas del país, el Wydad Casablanca, que se lo embolsó y puso los focos de la capital sobre su portería. Ganó una liga y dos copas en el Mohammed V, aupandole como el guardián de la portería nacional en México ’86 y llegando hasta unos meritorios octavos de final (cayeron ante Alemania Federal, futura subcampeona). Zaki fue lo más destacado de los africanos (el Balón de Oro africano 1986 lleva su nombre grabado) y en las ligas europeas se lo rifaron como botas en rebajas.

Pese a la interminable lista de ofertas que pasaron por el escritorio de Badou, eligió a un Mallorca recién ascendido de Segunda división que planteaba un proyecto humilde pero ambicioso: a los fichajes de Trobiani, el meteórico ascenso de Miquel Ángel Nadal o el regreso de Paco Bonet se le sumó uno de los mejores porteros de la escena mundial. En su primer año, Zaki maravilló. Él dominó el área propia y Magdaleno la contraria (19 dianas) para dejar al Mallorca en sexta posición, a escasos tres puntos de competición europea. Las vueltas del fútbol le llevaron a él y a los bermellones a descender al año siguiente, pero el marroquí mantuvo su matrimonio. Su excelso nivel bajo palos, sumado a su incesable sonrisa, hacía las delicias del Sitjar: Zaki, en apenas dos años, se convirtió en el ojito derecho de la afición bermellona.
En seis temporadas como bermellon, Zaki se enfundó la camiseta en 161 ocasiones.
Acabaría siendo el máximo estandarte del ascenso (88-89), siendo otorgado el reconocimiento del mejor portero de la categoría. El marroquí agrandaba así una leyenda que no tocaba techo: en la temporada del regreso a la máxima categoría, aunque los isleños acabaron en un cómodo décimo puesto, él volvió a ser coronado como el mejor keeper de España. Para más inri, fue el primero en atajarle un penalti a Ronald Koeman en un maravilloso 1-1 en el Camp Nou. Rozó el cielo en 1991, cuando el Bernabeu presenció, aunque aciaga, una de las noches más históricas del mallorquinismo: su primera final. Su primera vez. El gol de Santaelena marcó un punto y aparte en su camino bermellón. En la 91-92 volvió a las catacumbas de la Segunda división y él salió por la puerta de atrás.

Serra Ferrer fue un muro para las impertinencias del marroquí. Le acechó la morriña y sufría anímicamente cuando pasaba largas temporadas lejos de Marruecos. Desobedeció en diversas ocasiones las negativas del mallorquín para viajar a su país natal y terminó fulminando sus relaciones. Tras un partido intersemanal en Tenerife, Ezaki se fue de improvisto: «Jugamos el partido, ganamos 0-1 y pese a que le volví a negar el permiso, se marchó por su cuenta. Lógicamente le dije que me parecía que su actitud era poco profesional, y a partir de ahí nuestra relación se enfrió, porque por bien del equipo y del vestuario yo no di mi brazo a torcer«, declaraba el pobler. Desapareció durante semanas y el club deshizo su contrato de forma definitiva. Él alegó un grave problema familiar, pero las calles de Palma tenían ojos y oidos: días antes de su huida, realizó una importante compra de cartuchos en la Armería Benito, en la Porta de Sant Antoni. Las malas lenguas acabaron destapándo la Operación Casablanca.
“Sa Llotja” pretende, a modo de museo y a través de fotografías, personajes, partidos históricos, portadas de periódicos… exponer la historia del Real Club Deportivo Mallorca. Cada jueves, una nueva entrega: